I like it

I like it
Take me to the place i love ... Take me all the way

4 de diciembre de 2010

Comprar pizza y pagar con música.

Esa vez no había luz que se filtrase entre las rendijas de la persiana azul, porque no había persiana azul, ni luz. No había reloj con números rojos e intermitentes que marcasen una hora temprana por la mañana. Los puestos de venta de helados no estaban abiertos. Lo cierto es que excepto el uno o dos por ciento de la población, la ciudad dormía. Las estrellas llevaban ya varias horas iluminando un rostro tan conocido.

En cierto modo, era una escena similar. Ella había acabado dormida tras conversar ininterrumpídamente sobre varias banalidades, y su cabeza reposaba ahora sobre su pecho desnudo. Su pelo, algo más corto que la primera vez, estaba recogido en una graciosa coleta que le permitía observar perfectamente todo su rostro.

Y mientras lo hacía, más se hundía en un mar sin fondo. Porque joder, ¿cómo no iba a hacerlo cuando ella dormía tranquilamente a su lado? No otra, no. Ella. Y aunque a lo largo del tiempo había encontrado mil y una definiciones para ella, ninguna había terminado de convencerlo del todo.

Sinceramente, ella era mejor que cuatro galletas de chocolate mojadas en leche. Y que rascarse tras insufribles segundos de picor. Y que trescientos ensayos, y patinar en una plaza repleta de transeúntes.

Se la daba realmente bien tirar de una cuerda imaginaria, y compaginarla perfectamente. Nunca había probado unos mejores sándwiches de jamón y queso, y sus historias conseguían introducírsele entre dos neuronas mal colocadas provocándole estremecimientos innecesarios.

Se la daba genial los semáforos, los masajes y los beatles. Matt podría decir que las manchas eran casi su especialidad, pero entonces dejaría aparte su capacidad para sorprender al chico. La imaginación, y la sincronización. Entender las incoherencias gramaticales del chico, o leer sus papeles sucios y húmedos cada vez éste necesitase desahogarse. Y dormirse a su lado.

En una habitación que cada vez pasaba a ser más la suya, Matt terminaba de creerse su americana historia, como cada vez antes de cerrar los ojos, mientras se levantaba procurando no despertar a la chica que dormía profundamente sin percatarse de nada. La cocina recibió al chico semidesnudo y éste agarró un brick de leche y un vaso, rezando con que la madre de ella no anduviese por la casa. Aunque se hubiese acostumbrado a la presencia del chico, no era recomendable tentar a la suerte.

Debía de haberse marchado a trabajar, sin embargo, ya que esa casa que no era la suya estaba completamente sola. Con una confianza que tal vez no debiese sentir, se sentó en el sofá del salón mientras bebía con avidez. Los salones siempre le habían parecido la parte más perfecta de una casa, sin ningún aparente motivo. Tal vez porque normalmente era la sala más grande, o porque los sofás se colocaban allí, y una casa sin un sofá nunca sería una verdadera casa.

Una mano fría le rozó el cuello, y Matt sonrió sin darse la vuelta. Sabía perfectamente de quién era esa mano.

- Hace frío, deberías ponerte algo -susurró con voz somnolienta.
- Cierto -contestó a la vez que con un rápido movimiento arrojaba una manta pillándola desprevenida.
- Idiota.

Se tumbó a su lado, y su pelo le acarició la nariz, haciéndole cosquillas.

- ¿Sabías que más del sesenta por ciento de la población dice sentir frío cuando en realidad no lo hace? -comentó el chico con un bostezo.
- ¿Sabías que mi madre te matará como te vea sin camiseta, empalmado y con manchas de su leche? -respondió ella con malicia.
- Lo intuía -soltó una carcajada -No es mi culpa, no te juntes tanto.
- Enfermo.
- Entre otras cosas.

Rieron. A las cuatro de la mañana, rieron ruidosamente.

- ¿Sabías que odio las frases que empiezan por sabías?
- ¿En serio? -se extrañó él.
- ¿Quién sabe?
- ¿Sabías, sabías?
- ¿Qué?
- Esta conversación no tiene sentido.

Callaron y el salón sumido el la penumbra, el silencio y ese sofá tan cómodo fueron hundiendo al chico en un estado de sopor similar al sueño.

- Matt -el chico abrió los ojos de inmediato al oírla.
- Lo sé, lo sé. Ahora me pongo la camisa.
- No idiota.
- ¿Entonces?

Con un gesto divertido en el rostro, la chica se levantó y cogió de la mesa una hoja. La dio la vuelta para que él no la viese mientras escribía algo con un rotulador rojo. Matt trató de asomarse a ver que hacía, pero ella cogió el papel y se largó a la cocina a terminar de escribir en ese papel en blanco. Matt desistió y volvió a sentarse en el sofá mientras cogía de nuevo el vaso casi vació de leche y se lo llevaba a los labios

Ella volvió unos segundos después con una sonrisa en la cara. Matt la analizó de arriba a abajo en unos segundos, admiró lo bien que la sentaba la camisa del chico y sonrió interiormente al percatarse de que ella no se había quitado los calcetines en ningún momento. Uno más alto que otro, uno verde y otro naranja. Rápidamente, sacó el papel de su espalda y se lo enseñó.

"Te quiero, idiota." En letras rojas y grandes.

Los cristales desparramados de un vaso roto al caer al suelo, los botones de una camisa desabrochándose con velocidad abrumadora, una persiana que no era azul y una cama con sabanas moradas fueron testigos de la conmoción y la rápida recuperación del chico.

Y es que la verdad era que una casa no era casa si no estaba Elena en ella.