I like it

I like it
Take me to the place i love ... Take me all the way

18 de diciembre de 2010

¿Canciones, grupos y letras? No, tan sólo el bajo.

Poco a poco, o más bien mucho a mucho, las altaneras cursiladas se habían ido abriendo paso en su vida. Sigilosa y casi imperceptiblemente. Y ahora formaban parte de ella, intentando ser expulsadas junto a otro cúmulo de palabras que luchaban por salir de ese rojo con ventrículos. Y volvía a repetirse. De nuevo.

¿Pero qué le iba a hacer si su mente barajaba unas cartas que no eran las suyas? Constantemente, todo sea dicho. Unas cartas impredecibles, con converse rotas, y rosas, y con un pelo bonito. Valga la redundancia. Sus pensamientos dejaban mucho que desear, pasaban de un estado pobre, a uno rematadamente paupérrimo.

No, no era el mejor día para tratar de explicarse. Aunque tampoco sabía la razón para hacerlo, ya que no tenía explicación. Y que Matt, el chico de hechos y física, admitiese que algo no tenía explicación lógica, o que al menos aún no había llegado a encontrarla, podía parecer una insignificancia cursi y repetitiva, como las que el chico soltaba últimamente demasiado a menudo.

Pero que va.

Y es que para que admitiese algo así, el mundo tenía que haber dado un cambio no precisamente insignificante a sus ojos. Bueno, su mundo. Sí, relatividad, mundos y ella. Los tres temas con los que sus amigos tenían que tratar día tras día.

Porque podría decirla muchas cosas que ella intuía o creía saber. Que el tema estándar en los últimos meses era ella, pero no porque se le acabasen otros temas, sino porque no podía evitar que la presencia de la chica se impusiese incluso en la distancia. Aunque no fuesen más que ciento nueve, o doscientos nueve pasos los que le separaban de ella. O que guardaba todos y cada uno de sus notas, posits y zases en una caja de zapatos. Pero no una cualquiera, que va. Una caja negra y amarilla, con la etiqueta del precio. Seguramente esa información no le importase, pero no pasaba nada.

Podría decir que la escribía mil letras, y que tiraba a la basura mil y una. O que había rajado, manipulado y ultrajado su guitarra negra, de cuatro cuerdas claro. Que no le importaba repetir las mismas redundancias, o que cada vez que su dedo se dirigía a su nariz, una extraña ebriedad se apoderaba de él mientras que su mente exclamaba a voz de grito una palabra que empieza por "s", termina por "o", que no es masculina y que tiene seis letras. Aunque cierto era que podría decir que no tenía hambre, pero lograría despedirse de ella sin que esta le hubiese encasquetado un bocadillo, un trozo de jamón o un beso. Preferiblemente lo ultimo. Podría decir que le llamaban Octubre, su mes favorito, tratando de imitar a una canción de un grupo desconocido. No para ella, claro. Pero entonces volvería a repetirse, y sería acusado de falta de originalidad.

Por eso prefería decir que le llamaban pesado desde que sólo hablaba de ella.

Y que hasta la fuerza de los mares se quedaba corta al lado de las insignificancias altaneras y cursis del chico.