I like it

I like it
Take me to the place i love ... Take me all the way

4 de febrero de 2011

Uno no se puede fiar ni de una persiana.

Había noches en las que, tumbado en la cama, hasta las mismas lavadoras sentían envidia de él. Las sabanas, por el contrario, parecían cogerle manía poco a poco al quedar enredadas, arrugadas, empapadas y a veces desperdigadas por la cama o, en las peores horas, en el suelo.

Las persianas, dulces ellas, trataban de tranquilizarle con su suave tintineo, mientras que la robusta puerta marrón se movía y chirriaba tratando de llamar la atención de sus amigas, las azules paredes, que contemplaban sorprendidas y algo cohibidas la desesperación del chico. Las noches dejaban de ser horas de descanso para pasar a inyectar angustia a sus horas. La habitación se convertía, seguramente sin desearlo, en su silenciosa confidente, inerte pero cuidadosa.

En esas ocasiones se sentía terriblemente observado y despojado de su intimidad, y su mente, embotada, comenzaba a divagar como si el alcohol hubiese alterado la sangre del chico.

Lo cierto era que siempre había colocado al mismo nivel tanto a médicos de bata blanca como a carteros de motos amarillas. Tanto destinatarios como remitentes estaban condenados a sufrir el abandono de la justicia y la compasión de ambos oficios.

No entendía como las cantantes de Ópera se atrevían a alzar la voz hasta llegar a una nota que seguramente dañase el oído y la moral de una persona no elegida al azar. Ni como los bigotes antiguos podían cambiar tanto el rostro de un hombre. Ni como las serpientes se atrevían a asfixiar a un roedor que caminaba confiadamente por la selva del amor. No entendía el griego, ni el francés, ni el latín, ni lo directo que podía llegar a ser un director de Ópera y amante de las serpientes, o lo indirecto que parecía ese ratón.

Tampoco entendía como los escritores de historias increíbles podían morir de tuberculosis, o de amor. Ni por qué. No entendía por qué canciones desconocidas hasta hace poco ahora podían llegar a resultar tan violentamente desagradables. Ni por qué sus dedos se crispaban al imaginar. Ni como pudo Bruto traicionar a su padre adoptivo.

No entender tantas cosas le daba dolor de cabeza, y le hacía pensar lo estúpido que tenía que ser para no entenderlo todo. Más rabia, y vuelta a empezar. Y es que era poco probable que un cualquiera pudiese comprender una mínima parte de las piezas oxidadas del mecanismo escacharrado que no superó las pruebas de fábrica. No entender, no, eso lo podía hacer mucha gente. Comprender, que es entender y compartir.

-¡Estoy hasta los cojones! ¡Iros todos a la mierda! -blasfemaba Matt revolcándose en la cama -¡Sois todos una panda de gilipollas! ¡Joder!

La persiana se abrió de golpe, y la luz tímida de primera horas de la mañana inundó la habitación. El chico miró con resentimiento a su persiana azul, y decidió despejarse un rato. Correr, desahogarse, esas cosas. Así que sacó su vieja bicicleta roja del cuarto de invitados, comprobó las ruedas y abrió la puerta para largarse. Antes de salir miró atrás.

-Me dejo las llaves, el tabaco y ... -trató de recordar.

Bajó las escaleras corriendo, con la bicicleta cargada sobre su hombro.

¿Qué demonios sería cualquier chico sin una mínima parte de principios?